Viajando por España, que es verano 2020

Entre sudores, mascarillas y sofocos, son muchos los extremeños que deciden levar anclas en su tierra hacia nuevos mundos, aunque sea por un par de semanas. Y fue por eso que salió una pacense hacia el norte, a visitar a una vieja amiga gallega. Las doce horas de autobús, sabrán ustedes que el tren aun no ha llegado como Dios manda a la región, merecieron la pena cuando el hambre se juntó con las ganas de comer, metiéndose ambas entre pecho y espalda una buena mariscada de bienvenida. Como compañía caipiriñas, sol y playa, distancias cuestionables entre desconocidos y mucho gel hidroalcohólico, hasta entrada la noche, cuando decidieron que sería buena idea visitar las Cíes a la mañana siguiente. Y allá que se embarcaron, junto con una vasca, un día de tediosa neblina, convirtiéndose el antes diáfano cielo en un nubarrón gris húmedo.  

Y llegaron las amigas a la costa, sin más intención que la de pasar un día entre gaviotas y conchas. Y literalmente así sucedió, hasta que la comida pesó en el estómago más que la noción del tiempo y las sumió en una profunda siesta española, que acabó con el Lorenzo escondiéndose tras las olas y el último barco zarpando sin ellas. Cuando abrieron los ojos las estrellas titilaban en lo alto junto con la luna menguante, que las miraba no sabemos si con lástima o cariño.“¿Qué hacer?” se preguntaron. Anduvieron hasta uno de esos cámpines que por la zona se ofertan, pero no había sitio en ninguno. Empezó una brisa gélida a aflorar de entre los árboles y, muertas de frío, decidieron volver a la playa que, aunque casi vacía, aun albergaba algún que otro turista. 

Y fue llegando a la misma cuando escucharon los acordes de una guitarra española, y una voz desgarrada que entonaba una canción de notas melancólicas y letras lloronas. Un viejo portugués, con los párpados sellados, cantaba al Atlántico como si lo mirara a los ojos y, sin percatarse de la presencia de las tres náufragas, continuó con su llanto. Lentamente se acercaron hacia la fuente de desdichas y música, conteniendo las lágrimas y con los vellos en punta.Sin tan siquiera mirarlas el hombre siguió cantando, una tras otra, canciones de desamor, la siguiente siempre más triste que la anterior. Las muchachas se agolparon a su alrededor, tumbándose junto a él y, agotadas por la mezcla de cerveza y rayos uva, se fueron quedando dormidas. 

Al día siguiente no encontraron rastro del susodicho, “¿lo habremos soñado?”. El Sol brillaba en lo alto de la isla, casi tanto como los ojos de las viejas amigas, que despertaron llenas de dicha. Fue tan hermosa aquella noche que decidieron no irse sin encontrar al luso cantante. Pero nunca lo consiguieron. 

Dejaron las Cíes para siempre, pero se llevaron en sus corazones las nanas románticas de aquel viejo moreno, el cual parece importante apuntar que no llevaba mascarilla, junto con un curioso dolor de cabeza. Pasados unos días llegaron las toses, las fiebres y los hospitales. Afortunadamente todas están bien, aunque menos contentas que aquella mañana de julio en la que despertaron en la playa, contagiadas por un virus más famoso que Jesucristo, pero con el cuerpo enternecido por los cánticos y la resaca. 

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